Filosofía Práctica



El Centro y la Periferia



Karim Martínez Zavala

2 de diciembre de 2018 | Descargar PDF | A+ | A-


Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón

Lc 2,19


¿Cuál es nuestro lugar en la filosofía? ¿En realidad nos corresponde un lugar en la filosofía? Si en la filosofía hay un centro, ¿estaríamos dentro o fuera de él? Si la respuesta es lo segundo, entonces nos encontramos en la periferia. Siendo así ¿es posible la filosofía desde la periferia? ¿Qué es el centro y qué es la periferia?

Hay preguntas como las anteriores que nos remiten invariablemente a un origen –tal vez haya que dudar de aquellas preguntas que no lo hagan-; y un origen siempre es una guía. ¿Hacia dónde nos guía este origen?

La filosofía nace en Grecia, ahí está un centro que se erige, desde el cual se piensa y se dice lo que haya que pensar o que decir. Y como un corazón siempre anhela ubicarse en el centro, el logos es el corazón de Grecia.

Y si se me permite extender un poco más la metáfora, diría que pensar desde un centro, pensar desde el logos en la Grecia clásica implicaba una apertura, pero al mismo tiempo, un aislamiento.

Era una apertura porque los griegos habían deslizado el acto de preguntar hacia la originaria relación del hombre con/hacia el mundo, y toda pregunta, ya lo sabemos, es una pausa, un demorarse que nos permite la posibilidad de develar aquello que se oculta. Preguntar es apertura, es estar como en estado de vigilia, atentos siempre a lo otro.

Sin embargo, esa apertura tiene su correlato, su negación, el aislamiento. Siendo la Grecia clásica el centro, el logos se convertiría no sólo en un peculiar modo de pensar, sino que el logos siendo el corazón, siendo la fuente, recorrería otros ámbitos humanos: el lenguaje, la moral, la historia.

El logos se convertiría en un modo de mirar que permitiría ver la luz misma y no las sombras proyectadas sobre los muros de la caverna. El logos nos alumbra y nos devela bajo la condición de ser él la única mirada, el único centro.

Un centro unívoco, que aísla y se aísla, que relega, que excluye lo otro, lo ajeno. Sólo se reconocen los dioses del centro. La filosofía se dice en griego. Oriente siempre será oriente, y los bárbaros y las mujeres no pertenecen a la historia de la filosofía occidental, están fuera del centro, no son. Francisco Larroyo, al mencionar los modos perniciosos del filosofar, diríamos nosotros, desde la periferia, escribió:

A las veces, y no pocas, la información histórica devora todo aliento creador del filósofo. El filosofar se ve reducido a una devota repetición de ilustres ideas del pasado. Cuando se formula o emite alguna convicción filosófica, trátase de protegerla con la recia armadura de una citación oportuna extraída de un clásico venerable. Esta actitud es infecunda, estéril […]: erudición perfumada.[1]

Este filosofar al que alude Larroyo, abdica o renuncia a su lugar en la periferia, porque desde la periferia mira con los ojos del logócrata, no reconoce jamás su no ser, no reconoce que su lugar es la nada.

Y ese habitar en lo que no es, en la nada, es a mi parecer, el sentido mismo de habitar en la periferia; un habitar que es como un hallazgo, una donación. La periferia como ámbito del no ser es, también, el ámbito de la poiesis, el ámbito donde conviven y se concilian el mythos y el logos; la periferia provee momentos propicios para la apertura y la no exclusión de los otros, de nosotros; la periferia es quizá soledad pero no aislamiento o nihilización del otro. Porque hay otros modos de relacionarse y pensarse con el mundo. Modos que no precisamente son de enfrentamiento o de lucha, sino, más bien, de encuentro y conciliación.

Modos de pensar, éstos, que se asemejan a lo que simboliza –dentro de ciertas tradiciones más antiguas que la griega- vivir en el desierto (el desierto también es periferia). En el desierto no hay casas, no hay puertas, se vive en tiendas y el valor más importante es la hospitalidad, que implica poner más el acento en recibir al otro que en encerrarse uno a sí mismo. Cuando el extranjero llega, las tiendas siempre lo reciben.

También podemos rescatarnos a través de otras tradiciones venerables que resguardan metáforas inagotables. Orfeo debió ir en busca de Eurídice, bajar al Hades, al infierno, al interior, a la nada, a la periferia; porque el corazón nunca suele estar donde se piensa, pues el corazón convierte en centro aquel lugar donde anida.

Sin embargo, Orfeo baja al Hades y logra salir de él, sus dones le permiten convivir entre los dos mundos; dones órficos que posteriormente se convertirían en ritos.

Hay una traslación de estos ritos de carácter iniciático a la vida filosófica; hay algo de iniciático en el filósofo:

en lugar de rechazar para su filosofía cualquier tipo de similitud con tales ritos, Platón declaró por el contrario que la filosofía misma era una iniciación mística de otra clase […]. Las iniciaciones rituales eran reemplazadas así por los misterios literarios (a través de la oralidad y la escritura), es decir, por el uso figurativo de términos o imágenes que estaban sacados de ritos populares, pero transferidos a las disciplinas intelectuales de las meditaciones y debates filosóficos […] El filósofo adoptó la actitud de un nuevo hierofante y se dirigió a sus discípulos con solemnes palabras que sonaban como la noble parodia de una iniciación.[2]

Y todo rito es, así mismo, la sacralización de un mythos; mythos deriva del griego muthos y del verbo muein que es cerrar la boca, implica por tanto, el silencio. Callar, iniciar e instruir son los procesos de un rito que, según Wind, encontró un lugar en la filosofía.

Quizá debamos escuchar las notas de Orfeo, re-conocer que el filósofo es aquel que logra habitar y conciliar el centro con la periferia. Entonces, la filosofía ya no será solamente un pensar y un decir, sino también, un escuchar.

Referencias:

[1] Francisco Larroyo, Filosofía americana, UNAM, 1970, México, p. 21.

[2] Edgar Wind, Los misterios paganos del renacimiento, Barral Editores, 1971, Barcelona, pp. 13-14.






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Salvatore dijo:
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