Filosofía Práctica



Inés y Javier



Rafael Salazar Prieto

10 de marzo de 2018 | Descargar PDF


Ella lo miraba con aquellos ojos, en completo silencio. Él, no se atrevía a romper con palabras la ausencia de aliento que los unía, mientras la brisa depositaba en cada boca, en cada labio, el sabor mineral de la sal cristalina.

El agua mojaba sus pies desnudos, para alejarse y volver de nuevo. Las olas tenían su ritmo, pero sus cuerpos estáticos, carecían de uno. Por lo que él decidió acercarse a ella. Tomó su mano:


―Disculpe, hermosa dama,
¿cuál es su nombre?

Ella bajó la mirada, y sonrojándose, contestó:

―Inés la gente me llama,
mi gentil hombre.

Inés soltó su mano con suavidad, girando lento su cuerpo hacia mar abierto. Él se quedó mirando cómo la luz del sol poniente iluminaba su rostro; cómo, la corriente del viento, alborotaba su largo cabello y blanca ropa.

Después de un momento de estar absortos en sus pensamientos, Inés pregunta:

―¿Con qué nombre me dirijo?
Si se puede saber.

Él extendió su brazo para acompañar sus palabras:

―Mi nombre, ¿un acertijo?
No, me llamo Javier.

Y se inclinó en una breve reverencia.

A Inés, que lo veía con el rabillo del ojo, le causó mucha gracia. Giró su cuerpo hacia donde estaba Javier para mostrarle su cara risueña. Pero Javier la esperaba con una mirada sumamente lasciva, haciendo que Inés siguiera el curso de su giro hasta quedar de espaldas al mar.

De espaldas al mar, con los ojos cerrados y la cabeza agachada, Inés sintió cómo un frío intenso recorría su cuerpo; las piernas le temblaban, a tal punto, que se le dificultaba mantenerse de pie; su sonrisa, que en unos instantes atrás relucía relajada y fresca, se había convertido en tensa, rígida sonrisa palpitando de miedo. Decidió abrir los ojos, viendo en primera instancia su sombra. Un momento después, ya con un poco de control en sí misma, deslizó su mirada hacia la sombra de Javier, pero su sombra no estaba.

Inés, en la desconcertante situación que se encontraba, volteó con Javier diciendo:

―¡Oye! ¿Y tu sombra?

Pero Javier tampoco estaba.

Inés se quedó pensando un momento en lo que había pasado, cuando de pronto, y como un chispazo, Inés exclama:

―¡Claro! ¿Por qué me asombra?

Así fue como se dio cuenta de que estaba sola en la playa, descalza, y vistiendo una bata blanca.

Inés era una interna que se había escapado del manicomio.






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