Filosofía Práctica



Lupe, la penitente



Mauricio Enríquez Zamora

23 de abril de 2019 | Descargar PDF | A+ | A-


En uno de tantos pueblos de Sinaloa se celebraba el día de su fundación, en medio de una fiesta popular, con bailes y juegos mecánicos, entre puestos de comida típica de la región. Era el mes de diciembre, por lo que la verbena tenía mucho más gente que la esperada en otros meses del año, ya que era temporada de vacaciones, y las familias del lugar recibían las visitas de parientes foráneos.

El ingeniero Pérez era uno de estos parientes visitantes. Mientras tomaba un vaso de horchata con el licenciado Ortiz, a quien invitó unos días a pasar en su terruño; rodeado por la gente y los niños que llenaban el espacio con sus conversaciones y sus juegos, intercambiaba con su amigo sus pareceres.

- ¡Qué bonita es esta fiesta, amigo! Te agradezco la invitación.

- No es nada. Cada pueblo tiene la suya, y te aseguro que también son magníficas.- Contestó el ingeniero, con cierto desdén.- Además, esto a penas va empezando; cuando anochezca, me dirás cómo te parece la quema del castillo.

Pasaron algunas horas entre que el licenciado Ortiz fue presentado por su amigo a los otros amigos, los de la infancia, con quienes había crecido en ese idílico lugar, entablándose interesantes recuentos biográficos; entre que comían y jugaban con su suerte en la lotería. Entonces ocurrió algo que trastornó la apacible continuidad de la fiesta: unos niños corrían hacia las faldas de sus madres dando gritos, mientras algunos guijarros hendían el suelo de la plaza.

- “¡La Lupe tonta! … ¡La Lupe tonta!...”

El licenciado Ortiz se espantó al ver surgir entre la muchedumbre sorprendida la figura de una anciana andrajosa, descalza, gritando incoherencias y arrojando algunas piedras a quienes la molestaban. Su condición evidenciaba que era una enferma mental.

- ¿Quién es esa mujer? - Preguntó el licenciado Ortiz.

- Ya oíste cómo la llamaron los niños… Así le dicen, pero no sé cómo se llame. Desde que la conozco le han llamado igual.

- ¿Sabes cómo vino a acabar así esta mujer? - Preguntó el licenciado Ortiz, con extraño interés.

- Algo sé, pero no me consta. Tendría que ser un historiador para determinar lo que me preguntas. Yo sólo puedo echar mano de la memoria del pueblo, lo que puede mostrarme la gente en sus dichos. Todo lo que sé sobre ella viene de esa memoria popular, y aunque no tengo certeza de su verdad tampoco tengo razones para no creer, así que me he quedado con esa imagen.

- Cuéntame, entonces.

“Recuerdo las primeras impresiones que tuve de esta mujer. Era sólo un niño, como de siete años. Mi padre tenía una tienda de ropa en el centro del pueblo y la Lupe llegaba de vez en cuando allí.

“-¡Padre!… ¡Padre!… ¡Perdóneme padre!… ¡Dios! - Vociferaba frente a la tienda, señalando con el índice al cielo, mientras mi padre la observaba detrás del mostrador.

“A todos en la casa nos resultaba gracioso que la Lupe confundiera a mi padre con un cura, aunque también éramos conscientes de que su fisonomía encajaba un poco en el tipo de los curas: la amplia frente coronada en una incipiente calva, la boca que cerrada expresaba severidad y esos ojos profundos tras unos pesados lentes. Así que no nos sorprendía tanto que le llamara “padre” a mi padre y nos acostumbramos a sus visitas.

“Por lo que oí decir a ciertas personas de edad avanzada, que pudieron haber conocido a Lupe en su vida lúcida, su madre la habría parido con algunos problemas a la edad de dieciséis años, muriendo en el transcurso por excesiva pérdida de sangre. Su padre fue un joven de rica familia que se había aventurado con la madre de la Lupe, aunque sus padres no autorizaron esa relación y separaron a la criatura de su padre, envíandola a la casa de unas primas quedadas, las señoritas Villarreal, con quienes vivió su niñez y su adolescencia.

“La casa de las señoritas Villarreal fue lo más cercano a un hogar feliz para nuestra Lupita. No carecía de lo necesario para vivir con comodidad, aunque se le impuso una educación victoriana, cuidadosa de las buenas costumbres y el recato. Bajo este clima vital, Lupe no conoció a ningún hombre hasta que se encontró con el que sería el padre de sus hijos, un padre natural mas no legal, puesto que ya tenía otra familia que mantener. Aunque Lupe era la segunda mujer, tuvieron dos hijos varones.

“A penas seis años duró la relación de Lupe con el padre de sus hijos, hasta que éste hubo de mudarse a la Capital del país; pues el arribo al poder del nuevo presidente lo llamó a ocupar un cargo político. Pese a que su relación afectiva con Lupe era esporádica, había cumplido puntualmente con lo necesario para la manutención de sus hijos, en esos seis años. Y Lupita se había conformado ya con la crianza de sus hijos. Se habían convertido en el centro de su vida. Por esto no le dolió tanto cuando el padre de sus hijos se marchó sin volver a verlo más. Aunque sí resintió la pérdida de la pensión económica, la cual tampoco volvió a ver. El mayor de sus hijos contaba con sólo cinco años de edad. Ella con veintitrés.”

“Durante el resto de su vida como madre soltera, Lupita sobrevive a través de la venta de comida en su casa, el único bien que le había dejado el padre de sus hijos. Así le había dado estudios a sus dos hijos. El mayor ya disfrutaba de un trabajo como obrero en una fábrica cercana al pueblo. El menor estaba cursando la preparatoria. Pero las cosas no habían sido nada fáciles, pues justo cuando fue abandonada con sus hijos, el nuevo gobierno había iniciado un proceso de desmantelamiento del sistema productivo nacional, entregándolo a particulares. La agricultura, el comercio y demás actividades económicas entraron en crisis. Todo la gente estaba en quiebra. Y mientras se vivía en estas circunstancias miserables, el gobierno propalaba cínicamente la imagen de que México estaba en vías de convertirse en una nación del primer mundo.

“El hijo menor de Lupe enfermó de tuberculosis sin que nadie se diera cuenta a tiempo. Una enfermedad curable, pero el muchacho no la pudo resistir y murió a los quince años. Esta muerte impactó profundamente las almas de su madre y de su hermano mayor. En este último, que había presenciado el momento en que su hermano empezó a toser sangre, formó en su mente la idea de que su situación era ya intolerable, que tenía que hacer algo para cambiarla. Mientras tanto, su madre tenía el alma rota.

“- ¡Ay, ,mi niño hermoso!… ¡Mi hijito!… ¡Por qué, Dios mío!… ¡Por qué me lo quitaste!

“- Cálmate, madre, por favor. No te vayas a enfermar también. -Dijo el primogénito.

“¡Hijo, mío! ¿Por qué no lloras? ¡Llora, hijo! ¡Desahógate! - Le contestó Lupe, tomándole las mejillas entre sus manos.

“Y, ciertamente, no había llorado nada. Sólo podía pensar y pensar en la forma como podría cambiar su situación de marginación y pobreza, antes que otra tragedia les aconteciese.”

“El sufrimiento por la muerte de su pequeño nubló para siempre el ánimo de Lupe. Nunca más volvió a sonreir. Y aunque la vida seguía junto a su hijo mayor, había en el hogar como un vacío insoportable, que de pronto se llenaba con la presencia del hijo perdido: lo sentía entrar por la puerta principal de la casa o creía oírlo caminar por el patio, como solía hacerlo en vida. Entonces, se volvía a cernir sobre su conciencia la terrible verdad. Y comenzó a caminar dormida, buscando el fantasma de su hijo. Fueron varias las ocasiones en que el hijo que le quedaba tuvo que regresarla a su casa desde la calle. Y este se fue preocupando cada vez más por la salud de su madre.

“En la Fábrica había formado junto con sus compañeros obreros un pequeño sindicato, para proteger los intereses del gremio. La crisis económica había creado entre los trabajadores una constante incertidumbre sobre sus empleos, al ver cómo se incrementaban los ‘recortes de personal’. Ellos sólo querían conservar sus empleos: no perderlos por causa de una crisis que ellos no provocaron. Pero esta pequeña chispa de organización amenazaba con encender todo un bosque, porque en muchas otras Fábricas emularon la iniciativa.

“El Gobierno, a petición de los dueños de las Fábricas, no tardó en identificar a los dirigentes del movimiento sindical y resguardarlos en diferentes cárceles del estado. Lupe ya no supo más del único hijo que le quedaba, cuando aún no se recuperaba de la pérdida del otro. Y si del primero sabía al menos que había muerto, del segundo no sabía nada. Ni en cárceles, ni en hospitales, ni su cuerpo muerto fue hallado. Simplemente desapareció. Pero la imagen de los dos yacía intacta en su alma de madre, en la cual podían ser inmortales.”

- Y, entonces fue cuando se olvidó de sí misma; empezó a deambular por las calles sin rumbo, con a penas una túnica que se fue royendo con el tiempo, igual que su piel. - Concluyó el ingeniero Pérez su narración.

- ¡Qué infortunio el de esta mujer! - Dijo el licenciado Ortiz, con un tono apesadumbrado.

- Un poco la mala fortuna, otro poco la mala voluntad de los gobiernos, que no se preocupan por la vida de sus ciudadanos. Otro tanto, quizás, porque Lupe no tenía nada sólido en que fincar una esperanza… Es mi apreciación particular del asunto.

De pronto oyeron unos gritos como de porras… La Lupe estaba bailando, ondeando su túnica al son del Sinaloense, mientras la gente la animaba. Parecía estar muy feliz.

-¿Crees que ahora, en su estado de locura, pueda haber encontrado la verdadera felicidad? - Preguntó el licenciado.

-No lo creo. Pero tampoco creo que sea menos feliz que nosotros.






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